Ha sido una relación fluida desde el principio. Diríase que se hubieran establecido de antemano una confabulación de elementos favorecedores que hizo que nuestro encuentro, nuestra limitada relación a través de breves chateos, incipientes por su parte -novatillo él- y largas conversaciones telefónicas posteriores, se convirtiera en una secuencia de deliciosos momentos. Desde el principio hemos sido víctimas de una hermosa y sensual fusión, de una revolución hormonal positiva gracias a los efectos de la oxitocina. Esa es su teoría y yo me sumo a ella.

Cuando le dije que nuestras charlas provocaban en mi una sensación de nudo en la boca del estómago, una sensación de flojera generalizada, de ablandamiento de las venas y endulzamiento de los fluidos acuosos que circulan por el sistema linfático, se rió. Se carcajeaba de gusto y me confirmaba con su risa floja y con su palabra clara que a él le pasaba lo mismo. Probablemente estamos oxitocinados, decía. Y me explicaba con detalle que se ha descubierto que la oxitocina es una hormona que ha sido llamada la hormona del amor y la hormona de la fidelidad, ya que regula procesos afectivos como el enamoramiento y ayuda a crear fuertes lazos afectivos con la pareja que favorecen la monogamia. ¡Estamos oxitocinados, tío!

Es un convencido, como yo, de que la empatía es la palanca que mueve a las personas a ser mejores personas, es el impulso volitivo hacia generosidad con el género humano, el afecto al otro, es el antídoto contra la destrucción, la agresión y la violencia. Y resulta que recientes estudios realizados en la Universidad de Zurich han vinculado la secreción de oxitocina con niveles elevados de confianza hacia otras personas. La oxitocina ayuda a empatizar.

Mi empatía con él y su empatía conmigo, ha sido el brebaje mágico de nuestra unión y ha producido tal liberación de oxitocina que desde entonces no paramos de sudar felicidad, a chorros.