Amor encadenado
Aquella mañana, Isidro despertó más tarde de lo acostumbrado tras una noche larga y completa. Después de una reposada cena en compañía de su reciente conquista, en un restaurante dirigido por uno de los jóvenes restauradores más mediáticos de Madrid , había terminado en su apartamento dando satisfacción al deseo, a la atracción que sentía por su compañera de trabajo Elisa. Todo le salió rodado, desde los primeros tonteos hasta la primera cita con perspectiva de polvo salvaje. Isidro, el campeón de las conquistas entre chicas casaderas, estaba desnudo en el baño, con una toalla enrollada en la cintura y apoyando sus manos en el lavabo mientras miraba su cara de guapo en el espejo cubierto de vaho. No sintió la entrada gatuna de Elisa que, apretándose contra él, tomó su antebrazo para abrochar en su muñeca una cadena plateada. "Átate" ponía en una pequeña inscripción.
Dos meses más tarde, Isidro yacía desnudo en otra cama, en un apartamento ajeno; y a su lado, Chema dormía de costado frente a él con una cara relajada que reflejaba el influjo de algún bello sueño. Llevaba despierto un largo rato y estaba impaciente esperando que el durmiente Chema despertase. Recordaba la noche tan feliz que habían pasado, los sentimientos tan intensos y contradictorios que había tenido mientras follaban, y deseaba volver a hablar con Chema, sentirle vivo. Se quitó la pulsera de plata y sujetándola con dos dedos en pinza, comenzó a deslizarla por los hombros del amante dormido, hasta que éste comenzó a rebullirse al salir de su letargo onírico. Abrió sus ojos profundamente intensos y viendo el juego de la cadenita cosquilleándole el hombro, sonrió acercando sus labios para poner un beso afectuoso en los labios de Isidro. Luego, erguidos y de rodillas sobre la cama, frente a frente, se abrazaron. Isidro tomó el brazo derecho de Chema y le colocó la pulsera con la inscripción "Átate" en la muñeca. Chema sonriendo volvió a besarle.
Cuando salió del tanatorio del hospital 12 de octubre, a finales de ese año, Chema no podía apenas caminar porque los ojos encharcados en lágrimas le velaban la visión. Momentos antes, había podido aguantar el reconocimiento de cadáver de su "amigo" con cierta dignidad, sin romper en llanto ante la jueza y algunas otras personas. Afortunadamente, la cara de Isidro parecía intacta, salvo erosiones, a pesar del tremendo destrozo corporal que el accidente con la moto le había provocado seccionándole las piernas y arrancándole la vida. Antes de salir de la sala, Marta, la hermana de Isidro, se había fundido en un abrazo con él, y entre sollozos le había entregado la cadena de plata diciéndole que sabía que fue él quien se la regaló a su hermano. Estoy segura -le dijo- que a Isidro le gustará ver desde el cielo que la vuelves a llevar tú.
Llevaba varios días nervioso y levitando de felicidad, más cuanto más le iba conociendo en esas largas y entrañables charlas telefónicas; y más, conforme se acercaba el día del encuentro. Chema se dirigió a la estación de Atocha a sacar el billete de tren para acercarse a Alicante a preparar el apartamento, de cara al verano que se acercaba. Ya había acordado con Marcos que se verían en el primer fin de semana que éste tuviera libre de compromisos y con posibilidad de viajar hasta la playa.
Se fueron a tomar el sol a las dunas. Por fin estaban juntos. Marcos le miraba furtiva o directamente, pero sin dejar de mirarle ni un instante, y su sonrisa caída, reflejaba el embeleso de estar junto a la persona adecuada en el momento oportuno. Saturado de oxitocina, no pudo controlar sus impulsos y decidió encadenarse a Chema. Se quitó la pulsera de cuero curtido que llevaba en la muñeca desde hacía varios años y se la ató a su amor en brazo, preguntándole si quería atarse a él. Chema no se sorprendió. Le miró fijamente a los ojos, le regaló la mejor de las sonrisas, y diciéndole ¡Cariño! se fundió en un tierno abrazo. Luego, se quitó la pulsera de plata y con lágrimas de recuerdo y de felicidad se la colocó en la muñeca. Marcos, leyendo la inscripción, le dijo: ya me tenías atado a ti desde que nos conocimos, mi amor...


louloulabiche dijo
La vida que va y que viene, dando tumbos, y nos pilla en medio a los que vivimos, y nos eleva y nos arrasa...Leyéndote casi lloro, y casi es porque aunque los chicos sí lloramos, con la edad el llanto se nos enquista y porque, gracias, descubro que tras lo que parece un "no way" puede volver a sonreír la esperanza, otra vez gracias.
9 Julio 2008 | 08:15 AM