Juan y Pedro se criaron con salud en la casa paternomaterna. Nacieron con apenas un año de diferencia en el fragor de la racha procreativa de una pareja que, contra lo que iba siendo habitual, mantenían la idea de tener cuantos niños vinieran. Luego llegaron dos niñas más, aunque algo descolgadas. Y además, ¡Niñas!
Cuando padre y madre dejaron de atender las necesidades básicas de las dos ultimas bebés, cuando ya se integraron a la vida de niños escolarizados, los mayores, Juan y Pedro ya estaban más hechitos. Con los diez años su energía vital comenzaba a ser un pequeño problema de orden en la casa. No paraban de correr, gritar, corretear, pegar patadas a pelotas y pelearse como buenos hermanos por la propiedad o uso de ese juguete, precisamente "ese" el que se le había ocurrido coger al otro hermano.
Padre se dispuso a poner orden y decidió apuntarles a diversas actividades extraescolares, casi todas aquellas que consideraba desgastadoras de la energía sobrante de sus hijos. Como era imposible reconciliar la envidia fraterna, pues hasta las legañas de uno eran objeto de deseo del otro, no hubo manera de que conciliasen las actividades. No hubo acuerdo, y Juan y Pedro no parecían dispuestos a aceptar que para el orden familiar fuera mejor el ir juntos al mismo polideportivo, o a la misma cancha, a practicar los mismos deportes en los mismos sitios. No. Cada uno eligió sus actividades.
Juan se decantó por los deportes de equipo, Pedro, por los de esfuerzo individual. Padre optó por asistir a los entrenamientos de Juan y a las competiciones de sus equipos (futbito y balonmano) porque cuando iba a ver a Pedro nadando en la piscina o a los entrenamientos de judo, se aburría soberanamente. En cambio, desde las gradas de las canchas, podía animar al equipo de Juan como un machote. Se enardecía cuando la fuerza del equipo arrasaba el marcador del equipo contrario. Padre admiraba a su hijo Juan y se llenaba de orgullo por el liderazgo que el chico Juan iba cogiendo entre la peña de amigotes. Madre, aunque no entendía mucho de deportes, preguntaba a Pedro por sus actividades cuando volvía taciturno de sus entrenamientos, o con sus medallas o copas escondidas en la bolsa de deportes que ella revisaba al hacer limpieza.
La etapa adolescente y posterior de los chicos, despertó en padre cierto sentimiento de culpa por haber dejado de la mano a Pedro. El niño sólo salía con chicos, nunca hablaba de chicas, callaba, mientras que Juan, siempre estaba a dos velas con la paga y con prisas para sacarse el carnet de conducir y pedirle el coche prestado. Cuando lo consiguió no paraba para llenarlo de pibitas a las que impresionar, llevándolas a fiestas locas donde terminaba habitualmente borracho y follando...o intentando follar.
Pedro desarrolló otros talentos, la lectura, el amor al arte, la belleza, la música, distracciones que neutralizaban esa sensación de sentirse raro cuando en los vestuarios de la piscina deseaba con toda naturalidad acercarse a Jorge en la ducha, para enjabonarle y frotar su cuerpo con la mano y con agua caliente y poder atenuar ese frío superficial después una hora de inmersión en el agua. O que se lo hicieran a él. Soñar con un beso de Jorge al alcanzar o rozar un nuevo record de natación, o sentir la erección de Víctor cuando se abrazaban amarrándose en la llave de judo llamada osho-to-goshi, eran fantasías con las que solía cerrar sus ojos cada noche.
Juan fue el hijo admirado de padre. Siempre le animaba, le estimulaba ese machismo agresivo que le promocionaba a ser un campeón ante los ojos de los demás. Se burlaban juntos de los débiles, se jactaban de su propia hombría, de los huevos que tenían para asumir cualquier pelea o revancha, vaya usted a saber por que mierda de motivo. Cada vez que salía algún tema de sensibilidad, algún atisbo de vulnerabilidad en hombres o mujeres, padre intervenía como un basilisco en celo despreciando con comentarios amenazantes y rebosantes de violencia. Y Juan, de natural débil e inseguro, había aprendido como un actor a representar, desdoblándose de su propio ser, el papel de gallito de la pasión, de duro de la pelicula.
Madre, durante esos episodios, estaba aterrorizada. Como buena madre, intuía que la naturaleza de Pedro, forjada por su tesón y su modestia, era dura como el diamante y acabaría por dejar aflorar esos sentimientos y actitudes reprimidas hacia personas del mismo sexo. No quería ni pensar en la reacción de padre.
De Pedro, sólo merece la pena resaltar, porque lo merece, que cuando dejó el hogar paternomaterno fue feliz. En sus mundos, en su realidad positiva, en su afectividad desarrollada con total plenitud, fue inmensamente feliz.
De padre, sólo merece la pena decir que se quedó mudo. Probablemente para poder digerir de una manera sana su enorme error, dejó de hablar para siempre el día que un teniente de la Guardia Civil le llamó para informarle que habían detenido a su hijo Juan, como culpable de un delito de asesinato en primer grado. Acababa de ver en las noticias de la tele el hallazgo de un cadáver putrefacto de una dominicana que vivía en el mismo barrio, bajo unas piedras en un monte cercano y había comentado a madre ¡Seguro que era una puta del club de carretera!
De Juan... ha dejado de ser hombre.