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Terra
La Coctelera

El malabarista del paseo de las Acacias

Hay un semáforo del paseo de las Acacias que tiene suerte. Muchos conductores que accidental o habitualmente pasamos por allí, tenemos su suerte. Es un semáforo ilustrado por la presencia de uno de esos inmigrantes que no habiendo conseguido un puesto de trabajo estable, tienen que exprimir su imaginación para sacar algunos euros con los que subsistir, o simplemente expresan sus habilidades compartiéndolas con el público a expensas de su generosidad.

Sentado en su monociclo mientras mantiene un inquieto equilibrio vertical -imposible para un humano no entrenado-, saluda con su sonrisa llena de dientes al tiempo que hace malabares con sus tres mazas de colores. A esas alturas de la sorprendente visión, cuando has identificado al personaje olvidandote del tráfico y de la circulación, te sumas al jolgorio de la alegría que transmite esa figura de fresa y chocolate que con acento brasileño o portugués, agradece sonriendo la atención de los conductores retenidos por el semáforo.

Su atuendo refuerza sin duda el color negro de su piel con los tonos de la fantasía alegre. Un maillot de color rosa-fresa, con mangas en azul turquesa, cubre unas piernas enfundadas en unos leggings fucsia, hasta media pierna, que coronan sendas zapatillas de bailarina, también color fucsia pero brillantina. Todo a juego con la figura del malabarista sentado sobre un sillín de lana roja, raída por el trajín de las posaderas intentando manterese sobre el monociclo. Todo un espectáculo de color y de gracia. Toda una manera alegre de ganarse el euro.

Mi amigo y yo, encantados y alegrados, le dimos su merecida propina.

¡Geisha mía, quiero ser tu geisha!

Ya puedo ser digno de ti, mi geisha, porque he aprendido contigo a ser humilde, a no discutir contigo nunca, a dejarte siempre ganar en tus planteamientos porque me parecen los mejores. Me gusta dejarme ganar, como me gusta que te dejes ganar tú en mis discusiones.

También, mi geisha, me has enseñado que hay que actuar un poco, poner un énfasis histriónico cuando te digo lo inteligente que eres, cuando me sale ese toque de amor de madre que siempre ve en su hijo un superdotado, me gusta; me gusta tanto cuando lo practicas conmigo, ahí te veo muy femenino y me hace gracia, me da gusto verte como haces el esfuerzo de querer halagarme. Por eso quiero también halagarte y que sientas ese lado femenino de la farsa amable.

Ya se que piensas que los hombres tenemos el corazón de un niño. Por eso, mi geisha, nunca escatimas tus elogios cuando hago bien las cosas, y no solo eso, sino que siempre disimulas los posibles fallos. Yo quiero hacer lo mismo, porque no me veo en el papel de retarte, ni de asustarte, ni de desautorizarte. Sólo quiero ser tu geisha para cuidarte como tú me cuidas a mi.

Nadie como tú conoce como necesito los mimos e indulgencia. Me encanta ese lado tuyo cuando te centras en mi bienestar desoyendo tu lado egoista y renunciando al bienestar tuyo. Me gusta ese lado generoso, y yo también quiero ponerlo en práctica, quiero aprender a hacerte feliz porque de esa forma yo seré más feliz.

Contigo mi amor, no necesito maquearme para estar más guapo, pero si me gusta arreglarme para mostrarme más misterioso, para ser más seductor, para que veas en mi otras facetas que te sigan atrapando y atrayendo. Seré tu geisha con la cara tapada por los polvos de arroz cuando haga falta.

Te veo modesto y pudoroso y eso aumenta el misterio y las ganas de descubrir intimidades. Tendré que aprender también a mantener algunos de mis lados ocultos, como haces tú, mi geisha, que prefieres mantener parte de tu cuerpo cubierto dejando a la sutileza de mi imaginación el atrayente deseo de descubrirlo.

Intuyo tu inteligencia, pero no acabo de conocerla porque siempre pones un velo sutil delante de mi razón, lo que me impide conocer lo listo que eres. Adoro esa habilidad y quiero también ofrecértela. Que nuestros encuentros no sean un combate de cerebros, porque tu compañía no la necesito para discutir sobre economía o política, la quiero para fantasear, para jugar, para soñar, para perdernos en las volutas de nuestra imaginación.

Finalmente, si he comprendido bien las reglas de relación de las buenas geishas, me gustaría disfrutar del sexo sin sentimientos de culpa, sin barreras psicológicas o de látex, porque nuestra mutua confianza permite hacerlo como verdaderas geishas, limpios, libres y desinhibidos. Entregando todo para el goze del otro.

Estoy ahi.

Aunque se que no me lees
desde tu reclusión veraniega
en tu cubil mediterráneo,
te hablo con estas líneas
para decirte que
estoy ahi.

Estoy en cada grano de arena
cuando te recuestas
en las dunas
de los arenales
para refrescarte
a ultima hora de la tarde.

Me gusta sentirte
siendo arena
y acariciar tus piernas
y tu espalda.
Resbalar por tu torso
hacia tu vientre
buscando tu selva negra.
Enmarañarme en tus cabellos
para poder acercarme
a tus oídos y susurrar
en ellos mi cariño.

Estoy en cada gota de mar
que lame la orilla
donde descansas.

Me gusta sentirte
siendo agua marina
y acariciar tu sexo
cuando te introduces
desnudo en el mar

Estoy en cada
radiación solar que
calienta tu playa.

Me gusta sentirte
siendo rayo de sol
y cincelar tu piel
esculpiendo ese esbelto
y ebúrneo cuerpo
que tanto añoro.

Me gusta que me sientas,
que sepas que
estoy ahi.

Paradoxia

Juan y Pedro se criaron con salud en la casa paternomaterna. Nacieron con apenas un año de diferencia en el fragor de la racha procreativa de una pareja que, contra lo que iba siendo habitual, mantenían la idea de tener cuantos niños vinieran. Luego llegaron dos niñas más, aunque algo descolgadas. Y además, ¡Niñas!

Cuando padre y madre dejaron de atender las necesidades básicas de las dos ultimas bebés, cuando ya se integraron a la vida de niños escolarizados, los mayores, Juan y Pedro ya estaban más hechitos. Con los diez años su energía vital comenzaba a ser un pequeño problema de orden en la casa. No paraban de correr, gritar, corretear, pegar patadas a pelotas y pelearse como buenos hermanos por la propiedad o uso de ese juguete, precisamente "ese" el que se le había ocurrido coger al otro hermano.

Padre se dispuso a poner orden y decidió apuntarles a diversas actividades extraescolares, casi todas aquellas que consideraba desgastadoras de la energía sobrante de sus hijos. Como era imposible reconciliar la envidia fraterna, pues hasta las legañas de uno eran objeto de deseo del otro, no hubo manera de que conciliasen las actividades. No hubo acuerdo, y Juan y Pedro no parecían dispuestos a aceptar que para el orden familiar fuera mejor el ir juntos al mismo polideportivo, o a la misma cancha, a practicar los mismos deportes en los mismos sitios. No. Cada uno eligió sus actividades.

Juan se decantó por los deportes de equipo, Pedro, por los de esfuerzo individual. Padre optó por asistir a los entrenamientos de Juan y a las competiciones de sus equipos (futbito y balonmano) porque cuando iba a ver a Pedro nadando en la piscina o a los entrenamientos de judo, se aburría soberanamente. En cambio, desde las gradas de las canchas, podía animar al equipo de Juan como un machote. Se enardecía cuando la fuerza del equipo arrasaba el marcador del equipo contrario. Padre admiraba a su hijo Juan y se llenaba de orgullo por el liderazgo que el chico Juan iba cogiendo entre la peña de amigotes. Madre, aunque no entendía mucho de deportes, preguntaba a Pedro por sus actividades cuando volvía taciturno de sus entrenamientos, o con sus medallas o copas escondidas en la bolsa de deportes que ella revisaba al hacer limpieza.

La etapa adolescente y posterior de los chicos, despertó en padre cierto sentimiento de culpa por haber dejado de la mano a Pedro. El niño sólo salía con chicos, nunca hablaba de chicas, callaba, mientras que Juan, siempre estaba a dos velas con la paga y con prisas para sacarse el carnet de conducir y pedirle el coche prestado. Cuando lo consiguió no paraba para llenarlo de pibitas a las que impresionar, llevándolas a fiestas locas donde terminaba habitualmente borracho y follando...o intentando follar.

Pedro desarrolló otros talentos, la lectura, el amor al arte, la belleza, la música, distracciones que neutralizaban esa sensación de sentirse raro cuando en los vestuarios de la piscina deseaba con toda naturalidad acercarse a Jorge en la ducha, para enjabonarle y frotar su cuerpo con la mano y con agua caliente y poder atenuar ese frío superficial después una hora de inmersión en el agua. O que se lo hicieran a él. Soñar con un beso de Jorge al alcanzar o rozar un nuevo record de natación, o sentir la erección de Víctor cuando se abrazaban amarrándose en la llave de judo llamada osho-to-goshi, eran fantasías con las que solía cerrar sus ojos cada noche.

Juan fue el hijo admirado de padre. Siempre le animaba, le estimulaba ese machismo agresivo que le promocionaba a ser un campeón ante los ojos de los demás. Se burlaban juntos de los débiles, se jactaban de su propia hombría, de los huevos que tenían para asumir cualquier pelea o revancha, vaya usted a saber por que mierda de motivo. Cada vez que salía algún tema de sensibilidad, algún atisbo de vulnerabilidad en hombres o mujeres, padre intervenía como un basilisco en celo despreciando con comentarios amenazantes y rebosantes de violencia. Y Juan, de natural débil e inseguro, había aprendido como un actor a representar, desdoblándose de su propio ser, el papel de gallito de la pasión, de duro de la pelicula.

Madre, durante esos episodios, estaba aterrorizada. Como buena madre, intuía que la naturaleza de Pedro, forjada por su tesón y su modestia, era dura como el diamante y acabaría por dejar aflorar esos sentimientos y actitudes reprimidas hacia personas del mismo sexo. No quería ni pensar en la reacción de padre.

De Pedro, sólo merece la pena resaltar, porque lo merece, que cuando dejó el hogar paternomaterno fue feliz. En sus mundos, en su realidad positiva, en su afectividad desarrollada con total plenitud, fue inmensamente feliz.

De padre, sólo merece la pena decir que se quedó mudo. Probablemente para poder digerir de una manera sana su enorme error, dejó de hablar para siempre el día que un teniente de la Guardia Civil le llamó para informarle que habían detenido a su hijo Juan, como culpable de un delito de asesinato en primer grado. Acababa de ver en las noticias de la tele el hallazgo de un cadáver putrefacto de una dominicana que vivía en el mismo barrio, bajo unas piedras en un monte cercano y había comentado a madre ¡Seguro que era una puta del club de carretera!

De Juan... ha dejado de ser hombre.

Monseñor del Mundo

No puedo ser periodista JOAN BARRIL

Hoy podría ser el día de dejar esta profesión. Una cosa es escribir en los periódicos. Otra es ser periodista. Si alguien me llamaba periodista, yo me daba por aludido. Porque el periodismo es algo más que una profesión. Por eso se nos persigue, por eso hay tantos muertos en este oficio de contar las cosas, por eso también hay una pequeña ración de corruptos entre nosotros. Pero ¿realmente se puede dejar de ser periodista fácilmente? Hoy podría dejar de ser periodista mientras Pedro J. se considere a sí mismo periodista. Porque los dos no cabemos. Ni en su España, que me excluye; ni en mi oficio, que no tiene nada que ver con lo que yo considero la verdad, que es al fin y al cabo el resultado de la duda.

La verdad no la sabe nadie. Pero la mentira, sí. Para publicar la mentira hay que ir al lugar donde nace la mentira y contrastar, querido excolega, que no cuesta una mierda. Para hacer periodismo hay que ir a los datos para luego extraer las consecuencias. Pedro J. --por si no lo saben, es este tipo que dirige un diario llamado El Mundo-- hace lo contrario. Primero redacta las consecuencias que ha de divulgar y, a continuación, hace todos los esfuerzos para hallar el dato. Dice encontrarlo. Pues bien: hace días que ese Mundo que intenta representar el mundo nos ofrece un manifiesto en defensa de la lengua común. Nada que objetar. Las lenguas comunes son todas mis lenguas y las de los otros. Me pregunto, ya que se usa la palabra defensa: ¿de dónde proviene el ataque? La lengua común, es decir, el castellano, es atacada por las lenguas periféricas. Eso dice y fomenta Pedro J., un periodista que ya no ejerce de periodista, porque de ser así le bastaría con ir a hablar o a escuchar a los cuarteles generales donde se intenta acabar con el castellano. Es una pequeña vergüenza para el oficio, que, por desgracia, no es la única.

Sin embargo, le entiendo. Y le entiendo porque la necesidad de un director de periódicos es vender. Y la mentira, por lo visto, vende. Pedro J. tiene una causa. Y sería una causa suscribible de no ser por la falsedad intrínseca que encierra. Yo no soy de esos necios que consideran que la tercera hora de castellano es un misil al catalán. Yo no soy nacionalista, ya lo saben. Yo solo quiero entenderme con aquellos que, en la lengua que sea, inventen puentes de diálogo y de sensatez entre sí. El castellano también es mi lengua. Sé que en castellano se ha fusilado a los míos, y no por ello he podido olvidar que en castellano se han proferido las mejores proclamas de la libertad y los más bellos poemas de mi soledad. Y ahora, mira por dónde, Pedro J. nos obsequia con el malestar del mundo del turismo por las dificultades que los visitantes reciben cuando se encuentran con el catalán. Primero fue sorpresa; después, injusticia; ahora Pedro J. llega al ridículo. El turismo, esa actividad que consiste precisamente en conocer paisajes, arquitecturas y lenguas, se queja de que Gerona se llame Girona.

Yo ya no soy periodista, Pedro J. Solo soy un viajero con vocación de nómada. Ser catalán es difícil, es cierto. Pero ser español como tú solo indica que no has viajado mucho. Tu inconsciencia me ha hecho libre. Si tú eres periodista, yo seré un pobre catalán mudo. No podrás cargarte una lengua. Conseguirás ridiculizar incluso a tus firmantes. Pero siempre estaré dispuesto a hablar contigo en nuestra amada lengua común, aunque sea la tuya una lengua viperina y la conversación tenga lugar en Tahití, que es ese lugar privilegiado donde nada saben de manifiestos.

Oxitocina, una hormona generosa.

Ha sido una relación fluida desde el principio. Diríase que se hubieran establecido de antemano una confabulación de elementos favorecedores que hizo que nuestro encuentro, nuestra limitada relación a través de breves chateos, incipientes por su parte -novatillo él- y largas conversaciones telefónicas posteriores, se convirtiera en una secuencia de deliciosos momentos. Desde el principio hemos sido víctimas de una hermosa y sensual fusión, de una revolución hormonal positiva gracias a los efectos de la oxitocina. Esa es su teoría y yo me sumo a ella.

Cuando le dije que nuestras charlas provocaban en mi una sensación de nudo en la boca del estómago, una sensación de flojera generalizada, de ablandamiento de las venas y endulzamiento de los fluidos acuosos que circulan por el sistema linfático, se rió. Se carcajeaba de gusto y me confirmaba con su risa floja y con su palabra clara que a él le pasaba lo mismo. Probablemente estamos oxitocinados, decía. Y me explicaba con detalle que se ha descubierto que la oxitocina es una hormona que ha sido llamada la hormona del amor y la hormona de la fidelidad, ya que regula procesos afectivos como el enamoramiento y ayuda a crear fuertes lazos afectivos con la pareja que favorecen la monogamia. ¡Estamos oxitocinados, tío!

Es un convencido, como yo, de que la empatía es la palanca que mueve a las personas a ser mejores personas, es el impulso volitivo hacia generosidad con el género humano, el afecto al otro, es el antídoto contra la destrucción, la agresión y la violencia. Y resulta que recientes estudios realizados en la Universidad de Zurich han vinculado la secreción de oxitocina con niveles elevados de confianza hacia otras personas. La oxitocina ayuda a empatizar.

Mi empatía con él y su empatía conmigo, ha sido el brebaje mágico de nuestra unión y ha producido tal liberación de oxitocina que desde entonces no paramos de sudar felicidad, a chorros.

Amor encadenado

Aquella mañana, Isidro despertó más tarde de lo acostumbrado tras una noche larga y completa. Después de una reposada cena en compañía de su reciente conquista, en un restaurante dirigido por uno de los jóvenes restauradores más mediáticos de Madrid , había terminado en su apartamento dando satisfacción al deseo, a la atracción que sentía por su compañera de trabajo Elisa. Todo le salió rodado, desde los primeros tonteos hasta la primera cita con perspectiva de polvo salvaje. Isidro, el campeón de las conquistas entre chicas casaderas, estaba desnudo en el baño, con una toalla enrollada en la cintura y apoyando sus manos en el lavabo mientras miraba su cara de guapo en el espejo cubierto de vaho. No sintió la entrada gatuna de Elisa que, apretándose contra él, tomó su antebrazo para abrochar en su muñeca una cadena plateada. "Átate" ponía en una pequeña inscripción.

Dos meses más tarde, Isidro yacía desnudo en otra cama, en un apartamento ajeno; y a su lado, Chema dormía de costado frente a él con una cara relajada que reflejaba el influjo de algún bello sueño. Llevaba despierto un largo rato y estaba impaciente esperando que el durmiente Chema despertase. Recordaba la noche tan feliz que habían pasado, los sentimientos tan intensos y contradictorios que había tenido mientras follaban, y deseaba volver a hablar con Chema, sentirle vivo. Se quitó la pulsera de plata y sujetándola con dos dedos en pinza, comenzó a deslizarla por los hombros del amante dormido, hasta que éste comenzó a rebullirse al salir de su letargo onírico. Abrió sus ojos profundamente intensos y viendo el juego de la cadenita cosquilleándole el hombro, sonrió acercando sus labios para poner un beso afectuoso en los labios de Isidro. Luego, erguidos y de rodillas sobre la cama, frente a frente, se abrazaron. Isidro tomó el brazo derecho de Chema y le colocó la pulsera con la inscripción "Átate" en la muñeca. Chema sonriendo volvió a besarle.

Cuando salió del tanatorio del hospital 12 de octubre, a finales de ese año, Chema no podía apenas caminar porque los ojos encharcados en lágrimas le velaban la visión. Momentos antes, había podido aguantar el reconocimiento de cadáver de su "amigo" con cierta dignidad, sin romper en llanto ante la jueza y algunas otras personas. Afortunadamente, la cara de Isidro parecía intacta, salvo erosiones, a pesar del tremendo destrozo corporal que el accidente con la moto le había provocado seccionándole las piernas y arrancándole la vida. Antes de salir de la sala, Marta, la hermana de Isidro, se había fundido en un abrazo con él, y entre sollozos le había entregado la cadena de plata diciéndole que sabía que fue él quien se la regaló a su hermano. Estoy segura -le dijo- que a Isidro le gustará ver desde el cielo que la vuelves a llevar tú.

Llevaba varios días nervioso y levitando de felicidad, más cuanto más le iba conociendo en esas largas y entrañables charlas telefónicas; y más, conforme se acercaba el día del encuentro. Chema se dirigió a la estación de Atocha a sacar el billete de tren para acercarse a Alicante a preparar el apartamento, de cara al verano que se acercaba. Ya había acordado con Marcos que se verían en el primer fin de semana que éste tuviera libre de compromisos y con posibilidad de viajar hasta la playa.

Se fueron a tomar el sol a las dunas. Por fin estaban juntos. Marcos le miraba furtiva o directamente, pero sin dejar de mirarle ni un instante, y su sonrisa caída, reflejaba el embeleso de estar junto a la persona adecuada en el momento oportuno. Saturado de oxitocina, no pudo controlar sus impulsos y decidió encadenarse a Chema. Se quitó la pulsera de cuero curtido que llevaba en la muñeca desde hacía varios años y se la ató a su amor en brazo, preguntándole si quería atarse a él. Chema no se sorprendió. Le miró fijamente a los ojos, le regaló la mejor de las sonrisas, y diciéndole ¡Cariño! se fundió en un tierno abrazo. Luego, se quitó la pulsera de plata y con lágrimas de recuerdo y de felicidad se la colocó en la muñeca. Marcos, leyendo la inscripción, le dijo: ya me tenías atado a ti desde que nos conocimos, mi amor...

Nace Hebomoia

Oye el rumor de la vida al otro lado de la pared y no sabe si quiere salir o quedarse encapsulado. Ha estado gestándose durante mucho tiempo, recolocando los somas y los cromos de su yo genético, de su propia suidad, batiendo enzimas, reponiendo proteínas y haciendo reflexiones sobre la materia de la asignatura que se ha prometido a sí mismo aprobar. Una vida feliz.

Ser feliz en la vida. Libar felicizando los minutos y los días. Larva aburrida de su ocaso, de su aislamiento y encierro. Ya no le queda mucho tiempo al capullo para romper, y rasgado, que emerja como imago naciendo en plenitud, batiendo sus alas en libertad, con la pasión de un gitano palmero cuando anima el taconeo de una reina de la bulería.

Alas cargadas de vida, saturadas de sueños, de pasión creativa. Mariposa en vuelo por esos aires de dios, cavilando en circunloquios, exploradora en busca de perlas de sabiduría, de gotas de sensibilidad, de panorámicas cargadas de belleza y de buen gusto. Navegando en volutas de sensualidad, etéreas y volátiles, preñadas de nobleza y lealtad, sublimadas en el calor de la amistad generosa por la miel del amor inesperado.

Alas simétricas, iguales, género ambidiestro, brazos de una hombre o de un mujer. Camisa de fuerza que abraza al loco violento impidiendo que mate a su pareja. Hebomoia, talismán contra las fobias, amigo de la bondad, alma serena.

Hebomoia ambiguo, mariposa varonil, amiga andrógino.

Nace.